enzo entró en la cafetería, saludó al camarero y pidió dos cafés con leche y dos croissants para llevar. El camarero le sonrió igual que siempre, con unas ganas que Enzo nunca entenderá. Le dio las gracias y Enzo dejó la misma cantidad de monedas que todos los días. Los croissants estaban recién hechos, como cada mañana. ¿Y su hermana cómo está? Enzo nunca lo oía. Le respondió con movimientos de cabeza, como siempre. ¿Su madre está mejor?. Como siempre, responde él, como siempre, responde también para sí mismo. La misma cosa todas las mañanas. Enzo no se cansa, el camarero tampoco. Se despidió con el mismo gesto lacónico de todos los días y caminó hasta la casa de su madre. Siempre lo mismo. Las mismas calles, la misma gente, el mismo hartazgo. Llevarle el desayuno a la madre. Llamarla al mediodía, y a veces hasta antes de irse a acostar.
Tocó el timbre del portal. Aimé no contestó, pero el sabía que estaba en casa. Aimé siempre estaba en casa. Para ella y Yago siempre todo había sido diferente. Él desde pequeño se hizo de comer, se bañó y vistió solo. Para sus hermanos fue diferente, tal vez por ser menores, tal vez por ser dos. Siempre vivieron con mamá, al menos Aimé, que se quedó con ella a pesar de todo. Que se quedó al lado de la vieja traga niños. Tocó el timbre una vez más. Seguro que está en el baño, ella siempre está recién bañada. Con esa sonrisa apática y sus buenos días. Hola. Hola. ¿Todo en orden? ¿Todo bien? Hablar del perro, de las plantas, del loro, del gato, de la serpiente que su madre lleva dentro. No, no. Del veneno ponzoñoso que su madre tiene dentro nunca han hablado. Subió por el ascensor. Camino ya conocido. Abrir y cerrar las rejas. Un edificio viejo, un ascensor viejo. Sentimientos que se pudren y se llenan de hongos. Sentimientos viejos, aprendidos en la primera infancia, en la escuela. Cuando nunca nadie debe ni puede tener problemas. Donde quien sufre se lo inventa. Primera infancia donde es imposible que una madre con una sonrisa tan franca, tan amplia, pueda lastimar a su hijo. Que no, que seguro te has caído por las escaleras. Un amor aprendido en la infancia, en la tierna infancia donde las madres cosen disfraces y esperan a sus niños con un tazón de chocolate con leche y pan fresco con mantequilla. Una infancia lactal que él nunca tuvo, pero en la que igual le enseñaron a amar y respetar a sus padres. Él no tenía padre. Tu padre se fue después de quedar embarazada de tus hermanos, tú deberías acordarte de él. Pero él nunca pudo recordar a su padre, su madre (su mantis) se lo comió.
Aimé abrió la puerta y el vaho tipo hormiguero se le metió entre la ropa. Enzo siempre olía ese olor rancio, ese olor a calcio podrido, a calcio no cuajado. A Yago que no está. Se acercó unos pasos a su madre que tenía sobre las piernas un libro. Otro libro más pensó él. Siempre hay que leer, decía ella, siempre hay que leer, leer te da cultura y la cultura te da poder. Para qué querría más poder, se preguntaba él de pequeño, cuando su madre tenía todo el poder que cualquier persona querría tener. Él durante muchos años se sentó al lado de su madre a leer, hacía sus tareas rápido para que después de comer y de haber limpiado la cocina tuviera tiempo de ir a sentarse al lado de su madre antes de que ella fuera a buscar a sus hermanos. Era su rato feliz. Era el rato en el que se sentía dentro del vientre materno. Era el rato en que su madre olía a comida, a útero, a letras. A Enzo siempre le gustó leer, era su forma de complacerla y de sentirse más cerca de ella. Era como trazar un lazo en el que nadie podía interferir. Sus hermanos, aún pequeños, no sabían leer. Pensó que hacía mucho que no leían juntos, que no le hablaba de ningún libro, de nada.
Su hermana le quitó de las manos el café y el croissant, Enzo vio cómo ambas cosas desaparecían camino a la cocina y cómo un momento después volvió Aimé con una bandeja en la mano en la que estaban bien colocados el croissant, el café con leche, y un vaso con una pequeña flor; Aimé miró a Enzo, por qué no te sientas. No, ya me voy; contestó por inercia. Pero no se quería ir, esa mañana no. Esa mañana el corazón le latió diferente. Esa mañana quiso volver a sentarse al lado de su madre, quiso olvidarse que él había sido larva, quería estar solo con ella. Solos los dos. Leyendo. En silencio. Ser él quien acercara la taza de café con leche hasta la boca de su madre. Mañana voy a venir más temprano. ¿Cuánto más temprano?. No sé, más temprano, tal vez yo también desayune aquí. Aimé le sonrió. A Aimé le gustaba esa idea, llevaba ya mucho tiempo diciéndole que lo hiciera. En ese caso te doy las llaves, por las dudas, para que no despiertes a mamá.
Aimé se levantó y se acercó hasta Enzo para darle un beso. Hacía mucho que entre ellos no se besaban. Sintió los labios de su hermana en la mejilla, sintió un calor inesperado. Hacía mucho que no tenía unos labios cerca de él. Sintió su aliento. Sintió el calor de su respiración. Sintió cómo se estremecía su cuerpo y antes de permitirse un sentimiento más, cogió las llaves de la mano de su hermana, dio media vuelta y se marchó